Alegato de un hombre absuelto por la historia

La Patria vino en las palabras, convertida en la defensa de un joven en cuya sangre corría ardiente el anhelo de todo un pueblo, la necesidad y el espíritu heredado de los antepasados heroicos: la libertad, la esencia indómita y redentora del pueblo y del suelo que bajo sus pies era más que polvo y tierra, era inspiración, orgullo, madre.

 

Fidel se llamaba, pero bien pudo decírsele Martí, porque cual discípulo fiel de las doctrinas independentistas del Maestro, subió al estrado con sus dotes de orador y asumió su defensa con las armas del conocimiento en mano, en su condición de licenciado en Derecho Civil, y con la más contundente de las verdades: el saber a fondo de los pesares de la nación y su gente, y el sentir más profundo de amor hacia el espacio que defendía, más que a su propia vida.

 

El espíritu revolucionario y rebelde, emancipador, defensor del hombre humilde, vibró en las palabras que nacían de la voluntad de ser cubano, porque “sólo quien haya sido herido tan hondo, y haya visto tan desamparada la patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasión como ésta con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad”.

 

La pequeña sala del hospital municipal de Santiago de Cuba el 16 de octubre de 1953 fue sólo el espacio donde se agolparon sus sentencias, para salir a la luz de forma sutil y adentrarse en el alma revolucionaria de los adeptos a la causa rebelde, de los jóvenes que asumirían el nombre de Generación del Centenario en honor al Apóstol, autor intelectual de su lucha.

 

Los asaltos a los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, y Moncada, en Santiago de Cuba, fueron el epicentro de su autodefensa, y luego el Programa del Moncada, donde la juventud mostró su convicción de hacer lo posible para hacer caer al régimen y darle a la Patria el regalo de la soberanía.

 

Aunque la pretensión de quienes valoraron el juicio como el más trascendental del período republicano era enmudecer, ocultar el grito independentista, allí se escuchó con fuerza estremecedora el decoro de la Generación del Centenario, la acusación certera a los desmanes que padecía la población cubana ante la acción indigna de los gobernantes y del sistema social de explotación e injusticia que imperaba en aquella época.

 

La inspiración patriótica y el honor que Fidel absorbió de Martí se esparcieron aquel día y trascendieron de los oídos de los pocos partícipes en el juicio, se anidaron en las esperanzas de hombres y mujeres que avizoraron el triunfo en los protagonistas de la hazaña.

 

Con su sencillez y el poder de las palabras que nacían de la experiencia, colmadas de lógica jurídica, demandó el joven las principales necesidades de los cubanos, para convertir su discurso en un programa fecundo que uniría al pueblo, que aunaría voluntades para emprender el tránsito por la fase final del camino redentor, y que sentaría las bases del quehacer revolucionario al triunfo del Primero de Enero de 1959; y que, sin dudas, hizo posible que fuera absuelto por la historia.

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