Cinco Palmas: El símbolo de la voluntad inquebrantable

Foto: Tomada de Internet
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En la intrincada geografía de Cuba, ciertos lugares trascienden su condición física para convertirse en emblemas de la memoria nacional. Cinco Palmas, un paraje en la antigua provincia de Oriente, es uno de ellos. Su nombre evoca no el inicio de una epopeya, sino su momento más crítico y decisivo: el punto donde, contra toda esperanza, la llama de la Revolución pudo reavivarse al borde de la extinción.

La historia que conduce a ese lugar está marcada por la adversidad. El desembarco del yate Granma el dos de diciembre de 1956 por Las Coloradas fue el comienzo de un plan audaz, pero la realidad se impuso con crudeza. Tres días después, en Alegría de Pío, la columna expedicionaria fue sorprendida y diezmada por el ejército batistiano. El resultado fue la dispersión, la captura y el asesinato de muchos de aquellos 82 hombres. El proyecto parecía aniquilado.

En los días siguientes, la persecución fue implacable. Solo un puñado de expedicionarios, ayudados por el silencioso y crucial apoyo de los campesinos de la zona, logró escabullirse del cerco. Separados y acosados, se internaron en la serranía, cada grupo luchando por su supervivencia. El panorama no podía ser más desolador: una causa aparentemente perdida, fuerzas reducidas al mínimo y un futuro incierto.

Por ello, lo ocurrido el 18 de diciembre en Cinco Palmas adquiere la dimensión de un milagro secular. No fue un encuentro fortuito, sino la concreción de una tenacidad férrea. Fidel y Raúl Castro, al frente de sus respectivos y exiguos grupos, lograron reunirse. La imagen de aquellos hombres exhaustos y escasamente armados abrazándose en la maleza, constituye una de las escenas fundacionales más poderosas de la historia contemporánea de la isla.

El verdadero significado del reencuentro no radica solo en el alivio emocional, sino en la decisión que allí se ratificó. Cuenta la tradición que, al contabilizar las fuerzas —siete fusiles—, Fidel Castro proclamó una célebre convicción: “Ahora sí ganamos la guerra”. Más que un acto de fe, fue una declaración de principios: la victoria no dependía de los recursos inmediatos, sino de la voluntad inquebrantable y la confianza en el propósito. Cinco Palmas fue el crisol donde la desesperación se transformó en determinación.

Hoy, el sitio es consagrado como santuario de la memoria revolucionaria. Su trascendencia histórica reside precisamente en simbolizar la capacidad de resistir y reorganizarse desde lo más profundo del revés. Representa el instante en que el movimiento, reducido a su esencia mínima, demostró que su fortaleza moral era superior a su precariedad material. Es la lección de que un puñado de hombres con un ideal claro puede ser el germen de un ejército.

Casi siete décadas después, Cinco Palmas sigue interrogándonos sobre la naturaleza del liderazgo, la resiliencia y el precio de un sueño. Su legado, más allá de lecturas políticas particulares, se instala en la narrativa universal sobre aquellos momentos en que la historia pende de un hilo y se decide no por los números, sino por la firmeza de unas pocas conciencias. Es el recordatorio perenne de que, a veces, para comenzar a ganar, primero hay que saber reencontrarse en la adversidad.

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