Crónica del adiós en silencio

Foto: tomada de Facebook
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Manzanillo. Enero 28.- Silencio. Hoy el piano calla sus notas, hoy el piano llora porque las hábiles manos de su artista ya no le harán vibrar para que brote de su alma la melodía musical. Silencio, porque partió hacia la eternidad Pedro Rivero Ruiz, destacado pianista y creador manzanillero, hijo de Pedro Rivero, cantante fundador de la Orquesta Original de Manzanillo.
En el mudo sollozo de las teclas inactivas se anuncia una ausencia que resuena con estruendo en el corazón de la música. Su partida deja un vacío en el aire, como la pausa tensa y profunda que antecede a una pieza que, esta vez, no tendrá continuidad.
Hoy despedimos no solo a un heredero de un gran legado, sino a un músico excepcional con luz propia. Pedrito fue un virtuoso pianista, un brillante arreglista, compositor y Director de Orquesta que supo honrar la música cubana con su talento y dedicación. Con manos que tejían sueños sobre el marfil y el ébano, transformó el legado recibido en un lenguaje único, donde el respeto por la tradición bailaba en perfecto equilibrio con la chispa creadora de su propio genio. Fue un alquimista de sonidos, un arquitecto de armonías que edificó puentes entre el ayer glorioso y el hoy vibrante.
Qué noticia tan triste… La música cubana vuelve a vestirse de luto con el fallecimiento del excelente músico manzanillero. Una capa de profunda melancolía cubre los pentagramas, y las cuerdas de otros instrumentos parecen afinarse a una tonada de desconsuelo. Cada rumba que se quede por tocar, cada danzón que suspire en la memoria, llevará el sello indeleble de esta pérdida. El éxtasis de sus solos y la precisión magistral de sus arreglos se convierten ahora en un tesoro atesorado, en un eco que desafiará al olvido.
Se nos va un talento genuino, heredero de una estirpe musical y defensor sensible de nuestra cultura. Su arte, su entrega y su amor por la música quedarán vivos en cada recuerdo, en cada nota que compartió con su pueblo y con Cuba. Su vida fue un romance apasionado con el pentagrama, un idilio donde cada acorde era una declaración y cada composición, un poema de entrega a sus raíces. Por eso, aunque su presencia física se apague, su esencia permanecerá, susurrando en el rumor del mar manzanillero y en el compás que late en las calles de la isla.
Lleguen las más sentidas condolencias a su familia, amigos, a todos aquellos que admiraron su obra y a toda Manzanillo, que hoy despide a uno de los suyos. Descansa en paz, Pedrito. Tu música no se apaga. Que la sinfonía celestial te reciba, y que la música te acompañe siempre en el reencuentro con tus padres, en un abrazo donde los violines sean astros y el piano, la luna. Descansa en paz, maestro. Tu canción, hecha de sudor, talento y patria, será por siempre el arrullo que nos recuerde que lo verdaderamente bello es eterno.

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