Cuando el aula pide ternura

Foto: tomada de Internet
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En una secundaria básica de esta ciudad del Golfo, un incidente reciente estremeció la calma habitual de las aulas, dos estudiantes, atrapados en un malentendido, dejaron que la ira sustituyera al diálogo. El ruido de los pupitres arrastrados y las voces elevadas fue suficiente para quebrar, por unos minutos, la armonía que debe reinar en la escuela.

Estos episodios, aunque breves, son señales de alerta; la violencia escolar no es solo un gesto impulsivo, es la manifestación de tensiones acumuladas, de carencias en la comunicación, de la falta de herramientas para resolver conflictos.

Cada golpe o palabra hiriente es una grieta en el edificio moral que la escuela cubana está llamada a levantar; Manzanillo, ciudad de cultura y civismo, no puede permitir que la violencia se instale como huésped en sus instituciones educativas.

La escuela es semillero de valores, y cada incidente debe convertirse en oportunidad para sembrar respeto, empatía y convivencia; la disciplina, por sí sola, no basta, se necesita ternura, escucha y pedagogía que enseñe a convivir.

La violencia escolar es un espejo que devuelve la imagen de lo que falta en la sociedad, más diálogo, más paciencia, más solidaridad. En un país que ha hecho de la educación su bandera, cada aula debe ser un templo de respeto, donde la diversidad se abrace y las diferencias se resuelvan con argumentos, nunca con agresiones.

El reto está en transformar el conflicto en aprendizaje; que cada maestro, familia y estudiante asuma la responsabilidad de construir un espacio donde la palabra sea puente y no muro, donde la mano se extienda para ayudar y no para golpear.

Que nuestras escuelas, entonces, sean también faros de convivencia, donde se enseñe que educar es, en esencia, aprender a vivir juntos, porque la violencia no puede ser protagonista en la historia que escriben nuestras aulas; el verdadero guion debe estar hecho de respeto, ternura y esperanza compartida, no cree?

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