En un aula de secundaria, durante una actividad grupal, una estudiante propone una idea, su voz es interrumpida por risas y comentarios despectivos, -ella no entiende, viene del campo-, el silencio que sigue revela más que las palabras; la exclusión puede instalarse en la escuela de manera sutil, pero con efectos profundos.
La discriminación escolar se manifiesta en múltiples formas, por color de piel, género, condición económica, discapacidad, orientación sexual o procedencia social; cada una de estas expresiones vulnera el principio esencial de la educación cubana, garantizar igualdad de oportunidades y formar ciudadanos capaces de convivir en respeto y solidaridad.
No son incidentes aislados, si se toleran, se convierten en patrones que la sociedad reproduce. Por ello, la escuela debe ser firme en su papel de espacio de equidad, donde la pedagogía no se limite a transmitir conocimientos, sino que siembre valores, cultive empatía y enseñe que la diferencia es riqueza, nunca amenaza.
La responsabilidad es compartida, maestros atentos que intervengan con sensibilidad, familias comprometidas en reforzar valores en el hogar, estudiantes conscientes de que cada gesto de respeto multiplica la dignidad colectiva; educar es preparar para la vida, y en esa vida la dignidad de cada persona debe ser inviolable.
Solo así la escuela seguirá siendo faro de justicia y equidad, donde todos los niños y jóvenes, sin distinción alguna, encuentren el mismo derecho a aprender, crecer y soñar.