El hombre de cien fuegos que se hizo eterno

Noventa y cuatro inviernos han transitado desde aquella mañana habanera en que el barrio de Lawton, cuna de sueños sencillos, fue bendecido con un llanto que llevaba en su eco el rumor de la historia.

Era el seis de febrero de 1932, y el mundo, sin saberlo, recibía a Camilo Cienfuegos Gorriarán. Su nombre, una sinfonía de dos ríos y un apellido que evoca fuegos, pronto sería un estandarte de luz en la penumbra, un canto de valentía bordado con hilos de aurora.

Su paso por la tierra fue breve como el vuelo de una mariposa nocturna frente a la llama, apenas veintisiete años, pero tan intenso que quemó las leyes del tiempo. Convirtió su existencia fugaz en una eternidad ganada a pulso.

Su legado no duerme en los archivos ni se congela en bronce; respira, late, camina a nuestro lado. Es el alma joven de la obra que ayudó a concebir, el arquitecto sonriente de los cimientos sobre los que se alza, aún hoy, la patria redimida.

No fue un semidiós tallado en mármol inmaculado, fue, como todos nosotros, un compendio de claroscuros, de risas que estallaban como volcanes de alegría y de silencios que guardaban dolores íntimos.

Su grandeza radicó precisamente ahí: en su humanidad palpable, en esa esencia popular que lo hermanaba con cada rostro sudoroso bajo el sol caribeño.

Como afirmó Fidel, quien mejor lo comprendió, él era, simplemente, la imagen viva del pueblo. Y en el corazón de ese pueblo encontró su misión sagrada: la libertad no como concepto, sino como amante a la que consagraría cada suspiro, cada gesto, hasta el último destello de su vida.

Hoy se habla de su bravura en la manigua y en la sierra, de esa lealtad a su hermano de causa que era roca firme, de la camaradería profunda que lo unió al guerrillero de mirada intensa. Pero más allá de las hazañas, lo que perdura es su espíritu: la chispa traviesa en la mirada, la audacia del gesto espontáneo, la humildad del héroe que se niega a serlo. Esa es su verdadera victoria: haber convertido la leyenda en algo cercano, en algo nuestro.

Por eso es un imposible pensar en él en pasado. Camilo no habita en el ayer; transfigurado, se ha hecho presente perpetuo. Lo reconocemos en la energía indomable de la juventud que construye, en las manos callosas del trabajador que modela el porvenir, en la resistencia serena de quien defiende su suelo.

Su enseñanza más profunda, tejida con actos más que con palabras, florece en la dignidad diaria de un pueblo que sigue en pie. En este nuevo aniversario de su nacimiento, la memoria colectiva le respira, con la certeza de un amor que no envejece: Vas con nosotros, Camilo, por el camino del bien.

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