Manzanillo. Marzo 4.- Irnoa Montejo Fajardo una mujer que reside en el barrio Taíno 2 de Manzanillo, desde hace más de tres décadas, su vida está vinculada a la Asociación Nacional de Ciegos, un espacio que ha marcado su trayectoria personal y comunitaria. «Pertenezco a la Asociación Nacional de Ciegos hace 33 años y tengo 58 años», dice con orgullo, dejando claro que esa pertenencia no es un dato más, sino una parte esencial de quién es ella hoy.
Aunque su participación en la ANCI es constante, Irnoa enfrenta limitaciones para movilizarse. «Siempre que participo y me reconocen en estos espacios de la ANCI, para mí es buenísimo, siempre pongo de mi parte a pesar de que yo tengo dos hijos y además se me hace complicado porque yo apenas salgo a la calle», explica. Para ella, cada reconocimiento en las actividades de la Asociación tiene un valor especial, porque implica un esfuerzo extra que realiza con gusto, aunque tenga que organizar su casa para poder asistir.
En su barrio, Irnoa ha construido una forma de relacionarse que va más allá de su condición visual.
«En mi barrio no me ven como ciega, yo soy invidente hace 33 años, perdí la visión, me amputaron los dos ojos luego del parto de mi hija», relata. Ese hecho marcó un antes y un después en su vida, pero no definió la manera en que sus vecinos la tratan. Para ella, eso es fundamental sentirse una más, participar en la vida comunitaria sin que la mirada de los demás se detenga en su discapacidad.
La historia de Irnoa como madre es también la historia de una mujer que sacó adelante a sus hijos en soledad.
«Después de dar a luz al varón, le doy gracias a Dios porque realmente me ha dado la sabiduría de sola encaminar a mis hijos, la mayor es maestra y mi hijo estudia Medicina», cuenta con emoción. Cada logro de sus hijos es también suyo, porque fue ella quien sin ver, les enseñó a caminar, a estudiar y a soñar. Hoy, saberlos convertidos en profesional y futuro médico es la recompensa a años de esfuerzo.
En los chequeos de emulación que realiza la ANCI, Irnoa suele ser reconocida por su constancia y entrega.
«Casi siempre me reconocen en estos chequeos de emulación», comenta, y en esa frase se resume su compromiso con la asociación y con ella misma. No se trata de buscar protagonismo, sino de estar presente, de demostrarse que puede seguir activa y aportando desde su lugar.
«Yo lo hago todo en la casa, yo coso, lavo, plancho, incluso siembro plátano, muchas personas me dicen que me he acostumbrado a ser ciega, nadie se acostumbra», aclara con firmeza, porque para ella, la diferencia entre acostumbrarse y adaptarse es enorme, uno no se habitúa a la oscuridad, pero aprende a moverse en ella, a reconocer los espacios, a seguir haciendo la vida con las herramientas que le quedan.
«Formé parte del primer contingente de Granma que se hizo para dar el paso al frente en la agricultura, yo soy jubilada», recuerda. Esa etapa forma parte de su identidad, de la mujer trabajadora que fue y que de alguna manera sigue siendo.
Hoy, jubilada y con una vida marcada por la ceguera, Irnoa Montejo Fajardo sigue siendo ese ejemplo de fortaleza y dedicación que sus vecinos y compañeros de la ANCI reconocen y valoran.