A 132 años de la publicación de La verdad sobre los Estados Unidos, la pluma visionaria de José Martí sigue iluminando las entrañas del monstruo con una vigencia que estremece.
El artículo que el Apóstol publicó el 23 de marzo de 1894, en un contexto donde el coloso del norte ya tejía sus primeras redes de dominio continental, desnudaba las contradicciones de una nación que, bajo el discurso de libertad y progreso, ocultaba su apetito expansionista.
Aquel llamado de atención que Martí lanzó para prevenir que Estados Unidos se eche encima de las Antillas y caiga con esa fuerza más sobre las tierras de nuestra América resuena hoy con una claridad casi quirúrgica.
Lo que entonces era una advertencia sobre la anexión territorial y las conferencias panamericanas que ocultaban la dominación económica, se transforma en una realidad cotidiana marcada por las políticas de presión máxima, los bloqueos económicos unilaterales y la injerencia abierta en naciones que defienden proyectos soberanos.
En el siglo XXI, el imperio que Martí supo leer con una lucidez sin precedentes refina sus mecanismos de control, pero mantiene intacta su esencia: la pretensión de definir el destino de otras naciones.
Ya no se trata sólo del desembarco de marines, como en la Cuba de 1898 o en Panamá, sino de una guerra híbrida donde las sanciones financieras, las campañas mediáticas y el uso de organismos internacionales como el de la OEA, denunciado por Martí como un mecanismo de control buscan asfixiar a los gobiernos que no se pliegan a los designios de Washington.
Desde el cerco contra Nicaragua, la intervención en Venezuela, las más recientes amenazas contra nuestro país y las pretensiones de reconfigurar geopolíticamente a los territorios palestinos, la doctrina de la segunda independencia que proclamó Martí sigue siendo la tarea pendiente de Nuestra América y del Sur Global.
Frente a este escenario, el legado del Apóstol cubano se erige no sólo como un recordatorio histórico, sino como un faro ético y un llamado a la unidad, demostrando que la única manera de resistir al imperialismo es precisamente aquella que él esgrimió: la dignidad, la integración regional y la defensa irrenunciable de la soberanía.