La brisa del Golfo del Guacanayabo acaricia las calles y la memoria se enciende como antorcha; en esta ciudad se reviven las vigilias martianas, tradición que enlaza la historia con la esperanza y convierte la ciudad en altar vivo donde se honra al Apóstol con versos, canciones y luces que iluminan la noche como estrellas humanas.
En 1926, el intelectual Juan Francisco Sariol concibió la primera Nochebuena Martiana, semilla que germinó en la Cena Martiana y floreció en la Vigilia Martiana, desde entonces, la urbe oriental ha mantenido un rito que se renueva en la voz de sus hijos, en la poesía que se declama y en las antorchas que prolongan la llama de la independencia.
El Centro para la Promoción de la Cultura Literaria Manuel Navarro Luna de aquí, devolvió vigor a esta tradición en los años noventa, convocando a estudiantes, artistas y vecinos a fundirse en un mismo latido. La vigilia se celebra donde la palabra martiana se convierte en puente entre el pasado y el porvenir y la música transforma el espacio público en un coro de citadinos.
Martí, poeta, periodista y organizador de la Guerra Necesaria, permanece como brújula de libertad y educador universal, su ideario de unidad latinoamericana sigue siendo guía eterna y su palabra sembrada en la conciencia de los pueblos se renueva en cada homenaje.
En nombre del pueblo manzanillero se deposita una ofrenda floral justo cuando la jornada del 28 de enero marca su inicio. La tradición, que llega a cien años, se sostiene como símbolo de identidad y orgullo local, como llama que no se extingue.
Las vigilias martianas en Manzanillo son más que un acto de recuerdo, constituyen un poema colectivo escrito con antorchas y voces, un canto de continuidad que afirma que Martí no es pasado, sino presencia viva en la conciencia de un pueblo que se sabe heredero de su luz.