En las últimas décadas, la industria musical ha sido testigo de una transformación radical en la forma de expresar las emociones, las vivencias y, sobre todo, el lenguaje cotidiano. Lo que antes se insinuaba con sutileza en boleros y danzones, hoy se declama sin filtros al ritmo de reguetón, trap y otros géneros urbanos. Este fenómeno ha encendido las alarmas, desde padres hasta educadores, quienes se preguntan si la libertad creativa está cruzando la línea hacia la obscenidad y la falta de respeto.
El uso de lenguaje explícito en canciones populares no es un invento reciente, pero su masificación a través de plataformas digitales como Spotify, YouTube y TikTok ha amplificado su alcance, especialmente entre los oídos más jóvenes. Canciones con letras que objetivizan a la mujer o hacen apología de conductas violentas se convierten en virales en cuestión de horas, generando millones de reproducciones y, con ellas, un intenso debate sobre el impacto en la conducta social.
«No es que me disguste la música de reguetón pero yo prefiero el pop, pero creo que actualmente toda la música está llena de ofensas hacia la mujer, y realmente es algo que no me agrada», expresó la joven manzanillera Karla, una estudiante de 7mo grado de la Escuela Secundaria Básica Paquito Rosales Benítez.
Su testimonio evidencia que, aunque los ritmos pegajosos puedan ser atractivos, el contenido lírico no pasa desapercibido para una generación que debería estar aprendiendo sobre respeto e igualdad en una ciudad con profunda tradición cultural.
Esta percepción no es exclusiva de los más jóvenes, Luis un adulto mayor que aún reside en el céntrico Manzanillo y recuerda con nostalgia los tiempos de la radio y el baile de salón en el parque, no oculta su descontento con la dirección que ha tomado la música popular.
«Es una mala educación, una falta de respeto. En mis tiempos se escuchaban los danzones, los boleros y a otros que les gustaba el rock and roll, eso era música. Creo que los cantantes deberían cuidarse más a la hora de caer en esas obscenidades», sentenció con la voz firme de quien ha visto cambiar las costumbres en la ciudad.
Luis Josué Gracía, músico aficionado que se aventura en la fusión de géneros con su proyecto Larem destaca que existen alternativas creativas que no requieren recurrir a lo vulgar.
«El arte urbano nace en contextos de barrio, de expresión cruda de la realidad, y eso incluye un lenguaje callejero. Pero una cosa es ser auténtico y otra muy distinta es caer en la chabacanería por comercializar. La fusión que intento hacer busca rescatar ritmos tradicionales cubanos y ponerles letras que cuenten historias sin necesidad de ofender. Creo que se puede ser moderno sin perder la poesía», explicó Gracía.
La perspectiva académica la aporta Leonardo Rondón Guerra, un joven profesor de tres en la Escuela Elemental de Música de Manzanillo Manuel Navarro Luna.
«En las aulas, nosotros luchamos contra esa corriente. Les enseñamos a los niños que la música es un lenguaje universal que debe construir, no destruir. Cuando ellos llegan con referentes musicales cargados de violencia o palabras soeces, nuestro trabajo es mostrarles que hay un abanico infinito de posibilidades sonoras y líricas. No se trata de satanizar un género, sino de educar el oído crítico para que sepan discernir entre lo que aporta y lo que simplemente repite un patrón comercial vacío», afirmó.
Padres, maestros y vecinos discuten con frecuencia si lo que escuchan los jóvenes es adecuado pero la pregunta que muchos se hacen es si la solución está en prohibir o en enseñar a elegir. Para muchos educadores y músicos la respuesta está en la formación cultural. Formar criterio para que las nuevas generaciones decidan por sí mismas qué vale la pena escuchar. Mientras el debate continúa, la música sigue sonando en los portales y parques de Manzanillo, reflejando una sociedad que busca equilibrio entre la libertad de expresión y la responsabilidad con sus mensajes.