En los momentos más difíciles de la tierra madre, siempre habrá que mirar en primera instancia a José Martí, que vivió en tormenta y se asumió viento, que trazó líneas de ética, plantó nichos de ensueños tan posibles como necesarios y dio respuestas, en lo esencial, a casi todas las preguntas telúricas.
Déjalo siempre a mano: en el librero viejo o nuevo, en un trozo de poema colgado a la pared, en una foto, en el pensamiento noble que viene y va….
Para entender la infancia, para aprender a hablar con pecho honesto a los niños y las niñas, como quien habla a sujetos en activo del tiempo presente y de la vida futura, vaya a Martí.
Si te asaltan interrogantes simples, aunque determinantes –¿Hasta dónde ceder? ¿Desde dónde partir? ¿Para qué caminar? ¿Por qué despertarse? ¿Cómo mirar? ¿Quiénes son mis hermanos y hermanas, aun en medio de la pena? ¿A quiénes tener el tino y el cuidado de considerar y llamar viles?–, ve y busca a Martí.
Llévalo cerca y no para correr a él como quien corre al diccionario en busca del significado de palabras, como quien corre a que le dicten de memoria el significado del mundo, sino para conversar de cierto modo entre iguales, nunca como si estuviera hablando solo o recitando las sagradas escrituras una voz lejana.
Cuando asome lo sectario, cuando la desconfianza sea la norma y odiar el método, cuando la soledad se anote más méritos que los pocos que le corresponden, cuando de nuevo se pongan a hablar de «civilización contra barbarie», conversa con Martí.
Si de un día para otro resurge con fuerzas grandes el anexionismo, ya tantas veces dado por muerto, ya tantas veces enterrado en el cieno, ve a Martí.
Cuando la América mestiza pretenda olvidarse y divorciarse de la América mestiza y alguien quiera que sea «grande de nuevo», y al decir grande dice rubia, egoísta y hostil, ve a Martí y descubre una grandeza otra, pendiente todavía, peligrosa, que aún no nace, que es futuro y que es nuestra.
Si de pronto el amor te quita el sueño, corre a Martí, que de tanto amar convirtió el amor hasta en soldado…; y corre a Martí también si sientes el miedo rastrillando por el cuello y la nuca, si te acecha lo que parece un gigante, si lo único que encuentras a la mano es una onda y un trozo sucio de piedra.
Tenlo ahí y no para convertirte en una suerte de predicador del Maestro, sino para incluirlo en la conversación, para que no se apague, para que su voz no muera, sobre todo en medio de tan peligrosas urgencias.
Para encontrar la poesía, exacta en versos y rimas o libre en rimas y versos, con la profundidad que le compete a cada instante, ve a Martí.
Para reconocer la fundación de una escritura, que es la fundación de un nuevo modo de dibujar, pensar y proponer el mundo, para asumir que crear es una opción, ve a Martí.
Cuando confundan la raíz con el extremo, cuando se pretenda producir en serie y sin alma los pinos dizque nuevos, ve a Martí.
Cuando quieras pedir perdón sin humillarte, reconocer sin adular, respetar sin rendirte, adversar sin dejar de ser justo, busca a Martí.
Cuando aparezcan los esclavos de Grecia a impartir cátedra de paz, libertad y democracia, desconfía un poco y ve a él.
Cuando no tengas la seguridad de cómo miran y actúan los cobardes y los traidores, cuando el mundo parezca que se viene abajo y suene a ridículo o a exceso pronunciar determinadas palabras, ve un rato a Martí.
Cuando quieran matarte al amigo, dejar al hijo sin calma, sembrar vergüenza sobre tu madre y tu abuelo, arrebatarte la tierra, la memoria y a Martí mismo, ve a Martí.