Recientemente en un intercambio con un grupo de jóvenes, les pregunté qué entendían por patriotismo y si se consideraban patriotas, con gestos fruncidos en sus rostros, respondieron que no se metían ni entendían mucho de política; sonreí y les expliqué que este término no es sinónimo de política, ni es exclusivo de ella.
Es algo mucho más cercano, es sentir orgullo por la tierra donde nacimos, por la historia que nos trajo hasta aquí, las tradiciones y costumbres que nos identifican; no se trata de discursos ni de campañas, sino de reconocer que la patria es la casa común, el lugar que nos sostiene y nos une.
Ser patriota hoy significa cuidar lo nuestro, respetar la memoria de quienes nos antecedieron y aportar, desde lo cotidiano, a que la comunidad avance; es el joven que se esfuerza en el campo para garantizar alimentos, la enfermera que vela por la salud de su barrio, el maestro que transmite valores, o el vecino que tiende la mano cuando alguien lo necesita.
También se refleja en gestos sencillos, proteger la naturaleza, mantener vivas las tradiciones culturales, hablar con orgullo de nuestra ciudad y de nuestra gente, es un sentimiento que no depende de ideologías, sino de la certeza de que la patria es familia, es raíces, es futuro compartido.
Por eso, cuando hablamos de patriotismo en estos tiempos, hablamos de identidad y compromiso; no de política, sino de pertenencia y esa pertenencia se demuestra cada día, en cada acción que fortalece la unidad y nos recuerda que Cuba es más que un nombre, es la tierra que nos define.
Más allá de símbolos y discursos, el patriotismo es hoy la voluntad de aportar al desarrollo común, de mantener viva la memoria y de construir, con esfuerzo compartido, el futuro que merece nuestro terruño.