Sembrar futuro desde la infancia

Foto: Lilian Salvat
Foto: Lilian Salvat

Manzanillo. Febrero 8.- El círculo infantil Mi Pequeño Príncipe de esta ciudad, cada amanecer es una ceremonia discreta de esperanza; entre risas, pasos diminutos y manos que tantean el mundo primeras certezas de la infancia.

Al frente de esta obra silenciosa y esencial está Susel Bosch Guillén, directora de la institución, quien comparte la esencia de un trabajo que, más que rutina, es vocación y ternura organizada.

«Desde que el niño cruza la puerta, comienza un viaje de descubrimientos. Los recibimos con actividades independientes que les permiten elegir, explorar, tocar, imaginar. Juegan con agua y arena, manipulan objetos, construyen, inventan. Luego avanzamos hacia actividades programadas, siempre partiendo del juego, que es la columna vertebral del desarrollo en estas edades, trabajamos procesos básicos que van moldeando su pensamiento, su sensibilidad y su manera de relacionarse con el entorno».

¿Qué distingue a los niños que asisten a un círculo infantil de aquellos que participan en vías no formales?

«En los círculos infantiles contamos con las condiciones, los medios y la preparación pedagógica para acompañar al niño de forma integral. Aquí cada jornada está pensada para fortalecer hábitos, habilidades y valores. Las vías no formales también aportan, pero en nuestras instituciones el niño recibe atención sistemática desde el primer momento, y trabajamos de la mano con la familia para que lo aprendido florezca también en el hogar, es un acompañamiento continuo, profundo, que deja huellas».

Foto: Lilian Salvat

¿Cuáles son las principales habilidades que desarrollan los niños y cómo se fomenta ese crecimiento?

«Trabajamos por áreas de desarrollo, y cada una es como una pieza de un gran rompecabezas. En comunicación fortalecemos la narración, la recitación, la expresión oral. En motricidad, el movimiento que afianza la autonomía. En estética, la capacidad de apreciar y crear belleza. No hay un área más importante que otra, todas se entrelazan y se sostienen. Las educadoras planifican con intención, con amor y con ciencia, para que cada niño avance a su ritmo, pero siempre avance».

¿Con cuántos niños trabajan actualmente y cuántas educadoras atienden los grupos?

«Hoy atendemos 210 niños y niñas, distribuidos desde el segundo hasta el sexto año de vida o grado preescolar. En los grupos de segundo y tercer año trabajan seis educadoras; en cuarto y quinto año, cuatro; y en el preescolar, dos maestras. Cada una de ellas es un pilar, una guía, una presencia que acompaña y sostiene».

Al concluir el preescolar, ¿qué habilidades mínimas deben dominar los niños?

«Deben ser capaces de formar oraciones cortas, narrar un cuento, ordenar láminas según una secuencia lógica. En matemática, contar del uno al diez, formar conjuntos, establecer relaciones de cantidad. Son habilidades que parecen pequeñas, pero que abren puertas enormes, la puerta del pensamiento, de la comprensión, del aprendizaje futuro».

El tercer perfeccionamiento incluye la enseñanza del inglés. ¿Cómo lo aplican en el centro?

«Desde hace dos cursos trabajamos el inglés en el grado preescolar, con el apoyo de una maestra del seminternado Luis Angel Rodríguez. Los niños aprenden saludos, expresiones básicas, a decir su nombre, a despedirse. Lo incorporan con naturalidad, como quien aprende una canción nueva. Las educadoras también recibieron preparación para reforzar este aprendizaje. Es un paso importante para abrirles horizontes desde temprano».

En el contexto actual, ¿cómo garantizan el funcionamiento del círculo infantil?

«Las dificultades existen, sobre todo cuando falta el agua, que es esencial para mantener los procesos de higiene y alimentación. En esos casos ajustamos el horario, pero nunca cerramos las puertas, siempre que las condiciones lo permiten, cumplimos con todos los procesos, aseo, baño, almuerzo, sueño, actividades educativas. La infancia no puede esperar, y hacemos todo lo posible para sostenerla».

¿Por qué es tan importante respetar el horario de vida de los niños?

«Porque el niño necesita estabilidad para sentirse seguro. Cuando la familia mantiene en casa los mismos ritmos de sueño, alimentación y juego, la adaptación es más suave, más feliz. Les pedimos que conversen con ellos, que pregunten qué hicieron, qué aprendieron, que refuercen los contenidos. La educación es un puente entre el hogar y la institución, y cuando ambos lados se unen, el niño crece más firme, más pleno».

En Mi Pequeño Príncipe, cada jornada es una siembra silenciosa, manos que guían, voces que acompañan y miradas que descubren el mundo junto a los niños. Allí, donde la ternura se vuelve método y la pedagogía se hace abrazo, la infancia encuentra un lugar seguro para crecer y mientras las educadoras sostienen con paciencia cada pequeño logro, la institución reafirma su misión esencial, cultivar, desde los primeros años, la luz que un día será futuro.

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