La humanidad respiró más tranquila un día como hoy en 2016, cuando la Oganización Mundial de la Salud (OMS) declaró el fin de la epidemia de ébola en Liberia, una victoria de la ciencia y la solidaridad que marcó un hito en la salud del planeta.
En esa batalla decisiva brilló con fuerza el principio humanista de las Brigadas Médicas Cubanas, cuyo compromiso se materializó en gestos concretos y valientes. Fue una victoria de la ciencia, de la solidaridad y del amor puesto al servicio de la vida. Allí, donde el miedo intentó imponerse, los médicos vencieron; donde la muerte amenazó, la humanidad se organizó.
Desde la ciudad cubana de Manzanillo, puerto de mar y tradiciones, partió uno de esos contingentes de valientes profesionales de la salud. Su decisión de marchar hacia el epicentro de la epidemia en África occidental no fue un acto aislado, sino la expresión más concreta de un principio humanista que trasciende fronteras.
Aquellos médicos, formados en la ética del servicio, representaron no solo a su nación, sino el compromiso de una comunidad entera que los vio partir con el pesar de la distancia, pero con la convicción del deber cumplido hacia los más necesitados. Manzanillo, así, participó directamente en esta batalla global, enviando lo más preciado que tiene una sociedad: a sus hijos dedicados a salvar vidas.
El regreso de estos héroes a su ciudad fue un testimonio elocuente del reconocimiento y el afecto que germinan tras los actos de entrega. Recibidos por vecinos, familiares y amigos con aplausos y genuina gratitud, aquel momento simbolizó el círculo virtuoso de la solidaridad: quienes dieron todo, recibieron el cariño de su pueblo.
Este recibimiento no fue un mero protocolo, sino la reafirmación de un pacto social donde la profesión médica es vista como un apostolado al servicio de la humanidad, una vocación que se lleva en la maleta a cualquier rincón del mundo donde el dolor llame.
La hazaña colectiva que permitió derrotar al ébola en Liberia, y en la que los galenos de Manzanillo inscribieron su esfuerzo, envía un mensaje claro y perentorio a un mundo aún convulso. Es el mismo principio que, desde Cuba, ha resonado en consignas convertidas en acción: «médicos y no bombas».
Esta frase, pronunciada por Fidel con visión de futuro, condensa una filosofía de paz y cooperación que contrasta radicalmente con la inversión en conflictos. Demuestra que los mayores desafíos sanitarios globales solo pueden enfrentarse con unidad, ciencia compartida y una profunda convicción en el valor de cada vida, sin distinción de origen o bandera.
Hoy, al conmemorar aquel triunfo en Liberia, es imperativo recordar que las pandemias y las crisis sanitarias son recordatorios de nuestra vulnerabilidad común, pero también de nuestra capacidad de respuesta colectiva.
El ejemplo de los médicos cubanos, y en ellos el de los hijos de Manzanillo, perdura como un faro. Nos señala que el camino no está en levantar muros, sino en tender puentes; no en el aislamiento, sino en la cooperación desinteresada.
La verdadera seguridad para la humanidad, como aquella jornada histórica lo prueba, se construye con estetoscopios, no con fusiles; con vacunas y conocimientos puestos en común, no con amenazas. Esa es la lección que perdura y la esperanza que debe seguir guiando nuestro camino.