Manzanillo. Marzo 16.- Hoy en medio de tantas vicisitudes, hay una pregunta que todos deberíamos hacernos: ¿cuánto estamos haciendo por nuestros niños y jóvenes?, porque en tiempos de escasez y dificultades, proteger a los más pequeños es un acto de justicia social que las leyes cubanas respaldan.
Con la aprobación del Código de las Familias, primero, y luego del Código de la Niñez, la Adolescencia y la Juventud, se ha establecido un marco jurídico que coloca a los niños en el centro de todas las políticas. Estos instrumentos legales son el reflejo de un consenso social que reconoce a los menores como sujetos plenos de derechos, lo que debe traducirse en acciones concretas que involucren a la familia, la escuela y la comunidad en un mismo propósito.
La familia, según lo refrendado en estas leyes, es el espacio primordial para el desarrollo afectivo y moral de los niños. Y en nuestros barrios manzanilleros, eso se evidencia en cada abuela que lleva a su nieto al círculo infantil, en cada padre que busca orientación sobre cómo educar sin violencia, en cada hogar donde, a pesar de las carencias, se privilegia el diálogo y el juego compartido. La ley nos recuerda que la responsabilidad parental no es una carga, sino una oportunidad para construir vínculos sanos que protejan a los niños de cualquier forma de abuso o maltrato.
Pero la familia sola no basta, y el Código subraya la corresponsabilidad del Estado y la comunidad. Las escuelas siguen siendo ese segundo hogar donde los maestros, con una vocación que trasciende cualquier dificultad, detectan a tiempo una necesidad o carencia. El programa Educa a tu Hijo, con más de tres décadas de existencia, busca llegar a cada consejo popular, y es un ejemplo de cómo la comunidad se organiza para garantizar estimulación temprana, involucrando a promotores, médicos de familia y vecinos en una red de cuidados que sostiene a las nuevas generaciones.
La comunidad, por su parte, juega un papel que estas leyes recientes destacan como esencial, pues el entorno al que se exponen nuestros educandos puede definir el rumbo de sus vidas.
Actualmente las escuelas enfrentan el reto de mantener su calidad educativa pese a las limitaciones materiales y electroenergéticas. Pero más allá de los recursos, lo que garantiza la ley es el derecho de cada niño a una educación integral, inclusiva y libre de discriminación. Y eso se cumple cada mañana cuando las aulas se abren, cuando un maestro improvisa una clase con lo que tiene a mano, cuando se enseña no solo matemáticas, sino también valores de solidaridad y amor a la patria que definen al cubano.
En estos tiempos complejos, hacer valer lo que establecen estos códigos se convierte en un acto de resistencia cotidiana. No basta con que la ley exista; es necesario que cada institución, cada familia, cada vecino, se sienta parte de esa responsabilidad. Por lo que en mi opinión los derechos y garantías refrendados en el Programa de Atención a la Niñez y la Adolescencia solo cobran vida cuando los hacemos nuestros en el día a día. Hoy más que nunca tenemos la oportunidad histórica de demostrar que, incluso en las circunstancias más adversas, es posible criar niños felices, protegidos y llenos de esperanza.