Irán no solo reconoce su papel en la historia, sino que ha sido consciente de que Occidente defiende el orden salido de la Conferencia de Yalta. Un orden que, ahora mismo con la decadencia industrial y la caída de las viejas potencias blancas, se está desmoronando ante el resurgimiento del Oriente (China y Rusia).
Cuando se produjo la Revolución Iraní que derrocó al Emperador, Occidente llevaba tiempo respaldando a una monarquía que hipotecó el futuro económico del país mediante tratados y acuerdos leoninos salidos del reparto de la Conferencia de Yalta. Persia había quedado inicialmente bajo la zona de influencia británica, la cual luego de la Crisis del Canal de Suez evidenció ser insostenible para el viejo Imperio. Entonces pasó a ser controlada con mayor fuerza por Washington. La recurrencia a aquel momento de la historia nos sirve para entender por qué, desde la Revolución y el ascenso del poder de los ayatolas, Occidente ha hecho lo posible para retornar a los iraníes al mundo pactado en Yalta. Sencillamente es una región que se les fue de las manos y que —en pocos años— logró ser un contrapeso en el Medio Oriente tanto en lo cultural, como en lo geopolítico e incluso lo religioso.
Para quienes conozcan solo la historia reciente de la región puede ser raro el hecho de que Irak haya sido usado como punta de lanza de Occidente contra Irán en la famosa guerra que los desgastó y en la cual el partido gobernante en Bagdad no logró avanzar con sus objetivos. El mismo Sadam que luego fuera satanizado por los norteamericanos y derrocado a partir de la intervención de 2002, era en aquellos años un aliado, al menos un socio estratégico que se utilizaba como ariete. Y es que Occidente y más concretamente el Pentágono han puesto en funcionamiento en este tipo de conflictos la teoría de los contrapesos salida de la escuela de relaciones internacionales de Henry Kissinger. El objetivo siempre fue el mismo: evitar que Irán, la Persia histórica, retornara a su papel de potencia que se remonta a los tiempos antiguos. La actual guerra en el Golfo Pérsico se entiende reconstruyendo esa genealogía.
Irán no solo reconoce su papel en la historia, sino que ha sido consciente de que Occidente defiende el orden salido de la Conferencia de Yalta. Un orden que, ahora mismo con la decadencia industrial y la caída de las viejas potencias blancas, se está desmoronando ante el resurgimiento del Oriente (China y Rusia). Ni Gran Bretaña, ni Francia pudieron llevar adelante una participación efectiva en el conflicto sin quedar tildadas de incapaces militarmente. De hecho, Trump se quedó solo, con apenas apoyo logístico y de posicionamiento. Parte de las bases cercanas a Irán sencillamente fue barrida de golpe por la potencia misilística de Teherán y ello resulta intolerable para un Occidente que pareciera estar repitiendo la Crisis de Suez. Para refrescar, esta última consistió en el último canto de cisne de los viejos imperios europeos que, al no poder controlar dicho paso marítimo, perdieron el nudo de las rutas comerciales y por ende el monopolio sobre buena parte de las materias primas y los precios globales. Es geopolítica pura, repitiéndose ahora con el Estrecho de Ormuz.
Lo que estamos viendo, además, es un movimiento de la historia en clásica espiral. Los imperios modernos de origen europeo (y aquí el norteamericano es una extensión) están cediendo posicionamiento ante los viejos imperios orientales. En el caso de esos últimos hay que entenderlos no con la lógica colonial de los últimos dos siglos, sino a partir de la noción cultural de imperio como unidad de pueblos. O sea, Irán como Persia, la de muchos periodos de su historia, la que aunó a varias civilizaciones. Más allá de eso, la crisis del Estrecho de Ormuz y la incapacidad de Estados Unidos de mantener el sitio abierto para su favor en el comercio internacional están debilitando la posición de Washington ante el mundo. Ya no es quien decide el precio de los productos, de hecho, se está perjudicando a partir de la inflación de los hidrocarburos y ha tenido que levantar sanciones a enemigos geopolíticos. La guerra se volteó y ahora es una de desgaste en la cual Rusia y China no intervienen, pero se benefician.
Pero hay otro detalle que se deriva de este episodio y que tiene que ver con la doctrina militar: la estrategia de altos presupuestos y de portaaviones para proyectar poder externo está fallida. Ni el gasto en dinero, ni la movilidad de activos militares allende los mares han tenido impacto en debilitar al adversario, ello a pesar de que se han llevado a cabo campañas de descabezamiento de la cúpula iraní. Lo cual lleva al segundo punto en el análisis de la geoestrategia militar: mientras que Occidente posee una estructura vertical, de ordeno y mando, con una casta política que decide los movimientos en el terreno y un aparato de ejecución; Irán se ha desplazado hacia una estructura rizomática que descentraliza las decisiones y las convierte en comandos de acción con una misión bien definida.
Entonces, usted puede decapitar a Teherán, que surgen otras tantas cabezas más, es como una hidra. El tercer punto de esta guerra es Irán como el conflicto de Ucrania 2.0. Como mismo Rusia ha volteado el enfrentamiento con la OTAN para convertirlo en una batalla de disuasión en la cual además mantienen ocupada y en constante gasto y conflicto a la alianza atlántica; Teherán ha logrado que el tema del Estrecho de Ormuz se torne en un pantano en el cual ha naufragado la geopolítica de Estados Unidos, obligándolo a gastos, bajas militares y pérdida récord del prestigio militar. Tanto lo que sucede en Ucrania como en Irán son escenarios en los cuales Occidente se metió a partir de una supuesta superioridad estratégica, pero de donde ahora mismo no sabe cómo salir, a pesar de que ha intentado establecer tratados en su beneficio.
La escuela de Kissinger hace aguas porque —para ejercer contrapesos— es necesario proyectar poder real a escala planetaria y poseer el monopolio absoluto de la fuerza y la economía. Ese escenario hoy no existe para los Estados Unidos. Ni siquiera la alianza atlántica ha secundado a Trump, lo cual no posee precedentes. Su propio contrapeso dentro de su bloque —el papel de Europa como seguidora incondicional— falló y eso es algo que los analistas en geopolítica deberán comprender. No se entiende de otra manera, no existe una lógica externa que lo explique: el mundo de Yalta hace aguas y nace un nuevo mundo en el cual las fuerzas se reconfiguran en torno a la visión de potencias emergentes con una proyección menos centrada en lo militar. Es la filosofía “hacia adentro” de viejos imperios tradicionalmente encerrados en murallas, ya sean hechas por los humanos (China) o naturales (Rusia). El contrapeso ya no se decide en Washington, sino en la multilateralidad de una nueva realidad de los países que comercian a partir de sus intereses. Y ello conduce a otro elemento crucial en este análisis: la crisis de la democracia liberal tal y como la entiende Occidente que, en su alternancia, no puede darle salida a su propia caída ya que no tiene la oportunidad de crear paquetes coherentes de proyección política más allá de su desconexión como clase que ejerce el poder. El fracaso en Irán es, ante todo, un tema que se vuelve electoral con miras a noviembre, mientras que el verdadero impacto —la erosión de poder real en cuanto tal para la potencia anglosajona— es obviado. Esto determina una acumulación de fallas sistémicas en los contrapesos que beneficiaron una vez a Estados Unidos y que conducen a un decrecimiento de su influencia global.
Si Ormuz es una nueva Crisis de Suez eso se verá en los próximos años, cuando la distancia del tiempo permita. Entretanto, este es el panorama.