El continuador (+Video)

Cuando se asume con auténtica humildad y compromiso la conducción de una obra descomunal edificada y defendida por hombres gigantes, el desafío, siempre inmenso, comienza a bajar su cuesta.

Cuba ya había empezado a vivir, desde hace tiempo, los días de la continuidad y, de a poco, las principales responsabilidades en la dirección del país habían comenzado a recaer en nuevos hombros para sostenerlas e impulsarlas.

El 8vo. Congreso del Partido, que culminó este lunes, vino a sellar ese traspaso, gradual y ordenado, que ha de consumarse ahora en el día a día, a golpe de entrega y con sensibilidad absoluta «a cuanto sirve o perjudica al pueblo».

No por sabido, y hasta esperado, fue menos trascendente el acto de «poner», en manos de otros, la obra por la que, después de darlo todo, se está dispuesto a dar más, si acaso fuera posible.

Pero Raúl, que es mucho Raúl, tiene ese modo «campechano de hacer ver como natural lo extraordinario», como bien ha dicho por estos días el propio Presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, luego de ser elegido Primer Secretario del Comité Central del Partido.

Y sí, en la clausura del Congreso, fue sublime el derroche de sencillez del General de Ejército, «el mejor discípulo de Fidel», el más leal, tan modesto como su nombre, suficientemente grande como para pretender no serlo, enemigo de las alabanzas y del apego a glorias o nombramientos; amigo, esposo, padre, sin más mérito que el de una vida, toda, puesta a los pies de un país.

A él le agradeció Díaz-Canel por «el ejemplo, el empuje, la fuerza y la confianza» y reconoció que lo acontecido ese día de abril, tallado en la memoria cubana con una V de victoria dignísima, no era una simple entrega de cargos y tareas.

«No es solo la conducción de un país. Lo que tenemos delante, desafiándonos continuamente, es una obra heroica, descomunal», dijo Díaz-Canel, sin ánimo de simplificar un ápice lo alto que la historia le ha dejado la varilla. Solo que esa altura es, cuando menos, inspiradora, sobre todo para quien se sabe orgulloso del empeño encomendado.

En su discurso, habló de las conquistas que nos han convertido en el pueblo que somos, y de cómo habrá que defenderlas; y habló también de todo lo que, ajustado a los nuevos tiempos, habrá de consolidarse, enriquecerse o cambiarse. Porque continuar es también refundar, sobre las mismas esencias. Ninguna Revolución verdadera podría renunciar a su capacidad intrínseca de revolucionarse siempre.

Continuidad, podría decirse, ha sido el nombre de bautismo del 8vo. Congreso. Así pasará a la historia y quedará en los libros. Pero su trascendencia habremos de aquilatarla, en su justa medida, en lo adelante, cuando, al volver la vista, se alce una sociedad que prosigue la construcción de un socialismo más justo, más próspero y más participativo.

El continuador, que no es un hombre, sino todo un pueblo, no podría comulgar jamás con otra alternativa.