El gigante de barba y verbo cumple un siglo

El gigante de barba y verbo encendido cumple hoy 100 años //Foto: Tomada de Internet
El gigante de barba y verbo encendido cumple hoy 100 años //Foto: Tomada de Internet

Manzanillo. Agosto 13.- Era agosto y justo en su decimotercera jornada del año 1926, en Birán, un grito de niño se hizo luz para que Cuba tuviera, décadas después, un gigante de palabra y corazón.
 
Ese hombre, el de la barba espesa y la mirada de tempestad, creció para ser el abrazo de una nación que aprendió a caminar con sus pasos. Cuando el primero de enero de 1959 desmontó la tiranía con la fuerza de un pueblo entero, no se sentó en un trono.
Se puso al hombro el sueño de los humildes y empezó a construir, ladrillo a ladrillo, escuelas que fueran ventanas, hospitales que fueran manos, y programas sociales que tejieran la dignidad como se teje un mantel de esperanza sobre una mesa compartida.
Quien lo vio una vez nunca pudo olvidarlo, su figura erguida era un faro que no necesitaba luz porque él mismo la desprendía. Su lenguaje era un río de convicciones que arrastraba hasta las piedras más duras, y con solo alzar la voz lograba que un pueblo entero creyera en lo imposible.
Pero no era un dios de mármol; era un hombre que se enternecía con la risa de un niño, que se volvía cómplice de los jóvenes soñadores, que inclinaba su cabeza ante los ancianos como ante maestros, y que, con la paciencia de un caballo manso y la firmeza de un jinete experto, supo llevar las riendas de una isla que desde su amanecer revolucionario carga sobre el lomo el acoso de un imperio que no descansa.
En los momentos más oscuros, él estaba allí, compartiendo el mismo plato, la misma angustia, la misma fe, sosteniendo con sus brazos de profeta la utopía de una Patria que no se rinde, que prefiere morir de pie antes que vivir de rodillas.
Hoy, a cien años de aquel nacimiento, Cuba entera lo lleva tatuado en el pecho como una promesa que no caduca. Fidel no es un recuerdo; es el horizonte que señala el camino, el fuego que aún calienta las noches de desvelo, la palabra que se repite en cada maestra, en cada médico, en cada niño que aprende a leer su nombre.
Porque los grandes hombres no mueren cuando el cuerpo se apaga; mueren cuando el olvido los vence. Y Fidel, el Caballo de la historia, el líder de los imposibles, el amante de los pobres y el espanto de los poderosos, sigue siendo, más que nunca, guía y faro para un mundo que aún necesita de sus sueños para no dejar de soñar.

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