Enrique Arredondo: 120 años de una picaresca inagotable

La memoria colectiva de un país suele refugiarse en gestas heroicas, sucesos trascendentes… pero en Cuba, esa memoria tiene la risa ancha y no ha borrado el rostro de un hombre que hizo de la picaresca también una defensa de la identidad nacional.

Por eso, al cumplirse este 2 de abril el aniversario 120 del natalicio de Enrique Arredondo, no solo recordamos a un actor, sino a la columna vertebral de un género que se niega a morir: el teatro vernáculo.

Arredondo no interpretaba personajes, capturaba fragmentos de cubanía y los devolvía al público con una carga de comicidad y agudeza que ha logrado rebasar todos los almanaques.

Aquel niño nacido en La Habana, no tardó en comprender que su destino estaba en las tablas. Desde sus primeras incursiones en las compañías de variedades, demostró que poseía ese don inefable que hace la diferencia entre solo un buen comediante y todo una leyenda.

Su formación fue el rigor de las giras, el contacto directo con el espectador de a pie y una capacidad de observación casi antropológica.

De esa amalgama nacieron sus personajes que son patrimonio intangible de la nación: el guapo Cheo Malanga, el inolvidable Dr. Chapotín y, por supuesto, Bernabé, ese anciano de sabiduría rústica y lengua afilada que se convirtió en el espejo de las picardías y tribulaciones del cubano común.

El arte de la improvisación y el «morcilleo»

Lo que hacía de Arredondo un creador excepcional era su dominio absoluto del escenario. En el argot teatral, el «morcilleo» -la capacidad de añadir texto propio fuera del guion- alcanzó con él niveles de alta costura.

No eran simples ocurrencias para salir del paso, sino construcciones inteligentes basada en el contexto social y el pulso del momento.

Sus diálogos en programas emblemáticos como San Nicolás del Peladero eran lecciones de semiótica popular. Sabía dónde colocar la pausa, el gesto mínimo o la frase de doble sentido que conectaba con la complicidad de las mayorías.

Su legado trasciende la carcajada fácil porque fue un custodio de la tradición del teatro bufo, un eslabón que unió el siglo XIX de los bufos habaneros con la modernidad televisiva.

En su libro de memorias, La vida de un comediante, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1981, dejó constancia de que la comedia es un asunto muy serio, un oficio de orfebre que requiere disciplina y una sensibilidad especial para entender el alma humana.

Su presencia en el escenario elevaba el choteo cubano a la categoría de arte mayor, haciéndolo exponente de la inteligencia emocional de todo un pueblo.

Hoy, cuando las nuevas formas del humor buscan su propio lenguaje en la era digital, la imagen de Arredondo se resiste a desdibujarse. No es por nostalgia, sino por la constatación de que su técnica de caracterización y su manejo del ritmo siguen siendo el estándar de oro para cualquier actor que aspire a representar la esencia de la Isla.

Recordar a Enrique Arredondo en el aniversario 120 de su natalicio es también celebrar esa chispa de ingenio que nos define y saberlo habitando en cada salida original, en cada gesto de picardía y en el eco infinito de los aplausos que todavía resuenan en su honor.

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