Geopolítica: ¿Se hunden las viejas alianzas?

La geopolítica toca todo y lo vuelve oro, no en el sentido del famoso cuento de Midas, sino en un plano real. Las cuestiones que parecen paralizadas o que se solucionan con velocidad exprés en materia internacional van por las autopistas de los intereses de las grandes potencias. El más reciente apoyo de figuras del sionismo así como del propio Trump hacia una resolución favorable a Argentina en el caso de Malvinas no obedece necesariamente a la aplicación justa del derecho de autodeterminación, sino a un ajuste de cuentas geopolítico: Londres no aceptó implicarse en la guerra de Irán. El costo se lo quieren hacer sentir de múltiples maneras a los británicos. En su visita a Irlanda, el propio presidente de Estados Unidos se mostró favorable a la reunificación con el Ulster y ello ha dado paso a contactos y movimientos para una supuesta fragmentación del Reino Unido. Si algo ha sido claro en esta nueva era es el pragmatismo brutal de los lideres occidentales, en particular los de Washington.

Londres no secundó la guerra contra Irán, la Unión Europea hizo lo mismo. El resultado fue una OTAN desunida. El sistema de alianzas favorable a los norteamericanos ha hecho aguas en este periodo de reajustes de zonas de influencia. El mensaje está claro: no se va a actuar por consenso, si no estás de nuestra parte te molemos. Se cumple el viejo axioma de Kissinger: es malo ser enemigos de los Estados Unidos, pero terrible ser amigos. Y Reino Unido fue el aliado estratégico incondicional hasta ahora. La geopolítica de la fuerza y de la restitución de zonas de influencia opera por vectores de poder. Si Londres no se alinea, entonces se le hace perder influencia allí donde depende del apoyo de los Estados Unidos. Y el caso Malvinas no solo genera un terremoto en materia exterior para los británicos, sino que reactiva debates en lo interno sobre el estatuto de los reinos que componen el viejo imperio.

Inglaterra puede quedarse sola, tiene peso financiero y económico suficiente para seguir siendo una potencia global si la bandera de la unión se sustituye por la de San Jorge. Escocia en cambio depende de una industria del turismo y de algunas exportaciones que no le darían precisamente un estatus alto dentro de la Unión Europea. Gales es una economía aún más pequeña, cuya industria casi desapareció luego del cambio de matriz industrial en el siglo XX. Irlanda del Norte puede unirse con Irlanda, pero probablemente ello agravaría los choques interreligiosos que definen la región. No es tan sencillo, como tampoco lo es el tema de Malvinas. ¿Qué hacer con los actuales malvinenses que llevan ahí siglos? Pareciera que el pragmatismo de Washington lo puede todo y que basta la palabra mágica de su presidente para movilizar cientos de matrices mediáticas y de titulares rimbombantes. El realismo geopolítico es otra cosa y arroja sus sombras allí donde los conflictos resultan mayores. La cuestión es que los imperios no tienen amigos, solo alianzas que cambian en dependencia del tablero y para Estados Unidos ahora mismo resulta más ventajoso consolidarse como interlocutor único de los países del sur de su continente ante la avalancha china. Lo que suceda con los vestigios del Imperio Británico no pasa de ser una nota cultural que para los intereses rapaces de las corporaciones norteamericanas no vale. En todo caso, sacar a Londres de América responde a la Doctrina Monroe. Es un competidor menos. No estamos viendo una ruptura en el espectro de política exterior de Estados Unidos, sino una reafirmación de la misma.

Una cosa es enunciar claro está que Malvinas pase a Buenos Aires y otra diferente que eso ocurra. Londres representa para Trump —por otra parte— el capital globalista ultraliberal que ha prevalecido en las últimas décadas. La City sigue rigiendo en buena medida el poder del dinero y su circulación y por ende la línea de intereses contraria a la agenda de crecimiento industrial y nacionalista del maguismo. No quiere eso decir que Trump no sea globalista, lo es en la medida en que no puede sustraerse a la naturaleza del sistema al cual pertenece. Pero Londres y los demócratas representan la política de fronteras abiertas, capital flotante, inversión especulativa y agenda cultural de género que Trump deplora por concepto. Por ende, el posicionamiento de Estados Unidos opera por partida doble y evidencia que no se puede analizar la geopolítica de manera sencilla, sino a partir de bloques de poder transnacionales.
¿En qué va a terminar este capitulo de enfrentamiento entre viejos aliados?

Seguramente entre las cuestiones que le tocará enfrentar a Trump si pierde las cámaras serán sus yerros en política exterior al apostar por un aislacionismo extremo que ha cuestionado las alianzas históricas. El costo, a mediano plazo, de ese accionar, puede ser terrible para los Estados Unidos. Es cierto que necesitan consolidarse en su hemisferio como superpotencia, pero también que sin el sistema de aliados posterior a la Segunda Guerra Mundial, se hunde el globalismo sostenido por las bases militares y la cooperación en materia de inteligencia global. En ese sentido, Londres es una ficha clave. Lo cierto es que, desde el Brexit, los británicos han atravesado una crisis tras otra y no consolidan ni siquiera un gobierno fuerte que unifique los criterios internos y ofrezca una posición exterior fuerte. El agotamiento del viejo imperio es la clarinada perfecta para que su aliado norteamericano le dé el tiro de gracia y se reparta las sobras de gloria. No obstante, hablamos de una antigua potencia y seguramente Reino Unido tiene algún secreto bajo la manga que, ya sea en materia de inteligencia o de geopolítica, sabrá jugar contra el pragmatismo de sus primos allende el mar.

Si algo debemos aprender en esto es a no juzgar de manera infantil ni dejarnos llevar por los titulares. Todo es cuestión de seguir la deriva de los intereses. La posición de Londres con respecto a Irán frente a las elecciones de noviembre va a decidir mucho de lo que hoy es especulación en torno a Malvinas o la propia fragmentación del reino. Allí está la clave. Estas tensiones, además, tienen un correlato hacia lo interno de los Estados Unidos que irá develándose en la medida en que cambie el panorama luego de los comicios legislativos.

Compartir en: