Semanas atrás comentábamos que Kilian Mbappé y Lamine Yamal se hacían un flaco favor auto postulándose para ganar el Balón de Oro. Todo parece indicar que los votantes tomaron nota y ninguno de los dos se alzó con el galardón, que fue a manos del inglés Harry Kane.
El Ciudadano pareció caminar como quien ha aprendido a convivir con la espera, y pese a su enorme calidad, durante años contempló la carrera por hacerse con esa esfera dorada que premia al mejor futbolista del mundo desde una distancia casi cruel.
Kane no ha sido nunca un futbolista de estridencias, nunca necesitó adornar demasiado el gesto ni convertir cada celebración en una declaración de principios. Su fútbol, en cambio, posee la precisión de un reloj y la gravedad de una novela inglesa.
Es un delantero que piensa antes de rematar, que observa antes de correr, que entiende el área como un cartógrafo entiende un territorio desconocido, y allí donde otros llegan con la urgencia del instinto, él aparece con la serenidad del cálculo.
Durante su etapa en el Tottenham, el gol fue su patria. En el viejo White Hart Lane y, más tarde, en el nuevo estadio, Kane levantó una historia hecha de temporadas brillantes y noches que terminaron demasiado pronto.
Marcó de todas las maneras posibles: con disparos secos desde la frontal, cabezazos de tormenta, penaltis lanzados con la calma de quien firma una sentencia y definiciones sutiles, casi secretas, pero su grandeza no se limitó a la cifra, también retrocedía, se asociaba, lanzaba pases diagonales y encontraba compañeros en lugares donde nadie más parecía mirar.
Era un 9 con alma de 10, pero el fútbol suele ser impaciente con quienes no levantan trofeos, y a Kane los grandes títulos se le escabulleron, al punto de que llegó a pensarse en una maldición.
Con Inglaterra vivió la herida de la Eurocopa perdida ante Italia en Wembley, una noche en la que el silencio posterior pareció durar más que los 90 minutos, y con el Tottenham alcanzó una final de la Liga de Campeones, pero el Liverpool le arrebató el desenlace.
Entonces llegó el Bayern de Múnich y el cambio no fue únicamente deportivo; fue también simbólico. Kane cruzó el canal de la Mancha como quien abandona una casa llena de recuerdos para entrar en un palacio construido para ganar. En Alemania encontró otra camiseta, otra lengua, otra presión.
Sin embargo, su adaptación fue fulminante. Los goles aparecieron con una naturalidad casi insolente. Kane marcó en la Bundesliga, en Europa, en noches frías y tardes luminosas. Su repertorio volvió a desplegarse: controles orientados, remates de primera, tiros lejanos, movimientos inteligentes. Cada tanto parecía responder a una acusación antigua: la de ser un gran jugador atrapado en una carrera sin corona.
En una época dominada por la velocidad, Kane representa otra clase de virtud: la paciencia del artesano, la precisión del narrador que sabe que cada capítulo conduce al siguiente.
El Balón de Oro no es solo el premio a una temporada, sino a la tenacidad del goleador que esperó, cayó, volvió a levantarse y siguió marcando.