«Volví a nacer después de morir”, una historia real

Imagen ilustrativa // Foto: Lilian Salvat
Imagen ilustrativa // Foto: Lilian Salvat

Manzanillo. Octubre 30.- En un barrio humilde de esta ciudad del Golfo, donde la vida se abre paso entre carencias y gestos de amor, vive un joven de 23 años que sobrevivió a lo que muchos no logran contar, (Desde ahora Marcos para proteger su identidad).

Su cuerpo lleva las marcas de una sobredosis por pico que lo dejó clínicamente muerto. Su alma, las cicatrices de una adolescencia atrapada por el consumo de drogas sintéticas, el llamado químico, y otras sustancias que hoy circulan entre los jóvenes como si fueran caramelos. Esta es su historia, contada con crudeza, dolor y esperanza.

¿Cómo comenzó tu relación con las drogas?

Yo tenía 14 años, era flaco, callado, con la ropa heredada de mis familiares; en la escuela me decían el invisible, un día, uno de los muchachos me ofreció un cigarro; después vino el alcohol, las pastillas, y luego el químico, me decían que eso te hacía olvidar todo, que te daba valor, yo solo quería sentirme parte de algo, no sabía que estaba entrando en un túnel sin salida.

Al principio era solo los fines de semana. Después, todos los días, me volví dependiente; robaba cosas de la casa para comprar dosis, mi mamá lloraba en silencio, mi papá me miraba como si no me reconociera, yo me sentía vacío, pero no podía parar, era como si algo me controlara desde adentro.

¿Qué pasó el día de la sobredosis?

Fue una noche de agosto, me habían inyectado varias veces antes, pero esa vez el cuerpo no aguantó, me desplomé en el baño de la casa, mi madre me encontró con los ojos en blanco, sin pulso; gritaba que no me dejara ir, mi papá salió corriendo con mi cuerpo en brazos, como si fuera un niño; me llevaron al hospital, estuve muerto por unos minutos, los médicos dijeron que fue un milagro.

Cuando desperté, no podía mover bien las manos, tenía espasmos, no recordaba mi nombre, me miré al espejo y no me reconocí, era un cadáver con los ojos abiertos, ahí entendí que había tocado fondo.

¿Cómo fue el proceso de recuperación?

Terrible, no teníamos dinero ni recursos, mi papá, que siempre fue un hombre orgulloso, empezó a vender pan, dulces, lo que podía en la calle, se paraba en las esquinas con una caja de cartón y una sonrisa fingida, todo para pagar el viaje a La Habana y los medicamentos. Recuerdo que la primera noche en la Habana dormimos en el piso del hospital porque no nos alcanzaba el dinero para un alquiler y no teníamos a nadie allá, comíamos pan con agua, hasta el día siguiente que logramos que me ingresaran. Mi papá nunca se quejó, me decía: “Tú no te vas a morir así, hijo mío”.

Los médicos hicieron lo que pudieron; me sometieron a tratamientos neurológicos, terapias, análisis, cada día era una batalla; a veces me daban ataques de ansiedad, me amarraban para que no me hiciera daño. Yo lloraba, gritaba, pedía que me dejaran morir, pero mi familia no se rindió, me sostuvieron cuando yo ya no quería vivir.

¿Qué tipo de secuelas te dejó el consumo?

Muchas, temblores, lagunas mentales, insomnio, a veces me quedo en blanco en medio de una conversación, me cuesta concentrarme, perdí peso, perdí amigos, perdí años de mi vida. El químico me destruyó por dentro y no solo eso, también probé pastillas, alcohol, lo que apareciera, me volví agresivo, una vez le grité a mi madre que ojalá no me hubiera parido, esa frase me persigue cada noche.

¿Qué cambió tu rumbo?

Una vecina, una señora mayor que siempre me saludaba con dulzura, un día me vio sentado en la acera, temblando, y me dijo: “Dios no te hizo para morir así”, me hablaba de Cristo, de perdón, de propósito, al principio me burlaba, le decía que Dios no vivía en mi barrio, pero ella insistía, me traía versículos escritos en papelitos, me decía que yo era valioso, que había esperanza.

Un día, después de una crisis fuerte, fui a su casa, me senté en silencio, ella oró por mí, yo lloré como nunca; sentí que alguien me amaba sin condiciones, empecé a ir a la iglesia, allí encontré una paz que sobrepasa todo entendimiento humano, fue algo que nunca había experimentado, una fuerza superior, algo que no sé explicar pero que cambio radicalmente mi forma de pensar; me alejé de los amigos que me hundían, me reconcilié con mi familia a la que tanto daño le había hecho y poco a poco, volví a vivir.

¿Te consideras creyente ahora?

Sí, no soy perfecto, pero creo, mi fe me sostiene, me dio una segunda oportunidad, dejé las drogas, me reconcilié con mi padre, y ahora ayudo a otros jóvenes, doy charlas en la iglesia y otros lugares, si mi historia puede evitar que otro muchacho caiga, vale la pena contarla.

¿Qué mensaje le darías a los jóvenes que hoy están tentados por el consumo?

Que no se dejen engañar, el químico no es fiesta, es muerte lenta, te roba la mente, la familia, el alma, yo lo viví, perdí años que no voy a recuperar, hice daño a quienes más me amaban; si estás en eso, sal ahora, no esperes tocar fondo como yo y si ya estás hundido, no creas que es el final, siempre hay una mano que se extiende, a mí me la tendió una vecina con una Biblia en la mano y lágrimas en los ojos, me habló de Cristo, y yo, que no creía en nada, encontré en Él una razón para seguir vivo. No fue magia, fue lucha, fue fe, fue amor, pero salí y tú también puedes salir.

La historia de Marcos no es aislada, es el reflejo de una realidad que golpea a muchas familias cubanas hoy, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Las drogas sintéticas, cada vez más accesibles y destructivas, exigen respuestas integrales, prevención desde la escuela, acompañamiento desde la comunidad, atención médica especializada y espacios de fe y escucha donde la dignidad no se pierda, esta historia no busca sensacionalismo, sino conciencia, porque detrás de cada joven que cae, hay una familia que sufre y una sociedad que puede y debe tender la mano.

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