Manzanillo. Mayo 11.- Una madre recorre el mercado con una lista breve, plátanos, boniato, algo de tomate; al llegar a la tarima, el cálculo se desmorona, lo que ayer costaba 120 pesos hoy marca 180; el salario promedio apenas alcanza para sostener la despensa una semana, y las pensiones, mucho menos.
La escena se repite en cada hogar, hacer malabares, estirar el cobro, inventar maniobras para que el dinero dure hasta fin de mes.
Los precios de los productos agrícolas en la ciudad no guardan relación con los ingresos de la mayoría, ni el trabajador asalariado ni el jubilado pueden sostener un ritmo de consumo estable; la cadena es clara, el productor invierte sumas considerables en semillas, fertilizantes y transporte; el vendedor adquiere a precios altos y revende con márgenes que se disparan.
En casi ninguno de estos eslabones se acepta el pago por transferencia, lo que obliga al efectivo y limita las alternativas de los consumidores.
Como respuesta, el gobierno local convoca cada sábado la feria agropecuaria en El Bosque ubicado en el Nuevo Manzanillo, allí, los precios suelen ser, en pocas ocasiones, algo más bajos, pero el traslado resulta engorroso para quienes viven en el centro o en otros repartos, lo poco que se ahorra en la compra se gasta en transporte, y la diferencia final apenas se percibe. La feria, aunque bien intencionada, no logra convertirse en un alivio real para la economía doméstica.
La situación exige soluciones más integrales, una de ellas podría ser la ampliación de puntos de venta en zonas céntricas, con precios regulados y facilidades de pago electrónico; otra, incentivar a los productores con créditos blandos y apoyo logístico, de modo que sus costos iniciales no se traduzcan en precios desorbitados al consumidor.
El problema de fondo es que la mesa del cubano se ha convertido en un terreno de resistencia diaria, la alimentación, derecho básico, no puede depender de malabares financieros ni de sacrificios extremos, urge un equilibrio entre lo que cuesta producir y lo que puede pagar la familia común.
La feria de los sábados es un paso, pero insuficiente; el verdadero reto está en acercar los alimentos, que el bolsillo no se vacíe en el intento, porque la dignidad de un pueblo también se mide en la posibilidad de llenar su mesa con lo esencial, sin que cada compra sea una batalla perdida.