Chapeando Bajito: Con eso no se juega (+ Podcast)

Qué días hemos vivido y seguimos viviendo. Días de espanto por el azote de Ian y de ternura por la solidaridad desatada.

Pero también días de provocaciones en medio de una situación de emergencia. Y de reacción serena y paciente de las autoridades.

Por supuesto que no digo nada nuevo si hablo de los reclamos de la gente por la desesperación que genera la falta de fluido eléctrico, pero también de las acciones provocadoras para convertir esos reclamos en protestas y esas protestas en revueltas y esas revueltas en el estallido que sueñan como fin acelerado de la Revolución cubana.

Reinier Duardo escribió dos post en su cuenta en Facebook advirtiendo que la ley castiga el reclamo que transgrede la ley, valga la redundancia. Y en este podcast, el propio autor enumeró las normas que se violan cuando el reclamo se apoya en actos que atentan contra la tranquilidad ciudadana, como el cierre de vías públicas, el vaciamiento de tanques de basura en las calles para obstruir el tránsito, la destrucción  de bienes públicos y, sobre todo el uso de niños como escudos humanos, expresiones todas que se han visto en las protestas de estos días y que permiten distinguir claramente el reclamo honesto de la provocación.

Apenas una semana después del paso de Ian, son visibles dos tipos de actitudes como reacción a los impactos de Ian sobre la distribución eléctrica: la de los que salen a luchar paliativos al apagón y sus consecuencias, por ellos, por su familia y vecinos vulnerables y la de los que se sientan a esperar que les hagan todo y emplean energías y datos para drenar las angustias de la espera escribiendo post con declaraciones que enseguida se diseminan como virus en las plataformas anticubanas.

Hay un reclamo lógico: cuando la gente sin corriente y por tanto sin vías tradicionales para obtener la información, van a las autoridades a pedir explicación porque sienten que ha fallado la gestión. Pero hay un reclamo inaceptable: el que lanza  ofensas sin razón, grosería sin límites, acusaciones sin argumentos, exigencias absurdas de que les pongan la luz aunque no se esté generando.  Como la del actor que chilló, insultó, pidió que el presidente renunciara, que a él lo detuvieran y expulsaran del país, y como nadie lo hizo, se fue al aeropuerto y de ahí quién sabe a dónde.

Según el Guerrero cubano, que se las sabe todas, estaba yendo a Cancún, a dónde lo hace habitualmente. Y, dato interesante: no llevaba a sus hijas, en nombre de las cuales le pidió la renuncia al presidente si no le ponían la luz.

Este podcast incluye sonidos de lo que declaró a dos programas de abierta línea contra la Revolución, que trasmiten canales y plataformas digitales radicadas en Miami. En síntesis, amenazas y más amenazas a las autoridades cubanas si el actor sufriera aunque sea un rasguño.

Pero, ¿qué hay detrás de este tipo de show, a qué tributan? Sin dudas, a la estrategia para sacar a la gente a la calle, no a cooperar para limpiar de forma urgente, sino para generar indisciplinas, entorpecer las acciones de recuperación y engordar la campaña de descrédito del liderazgo de la Revolución.

Y, ¿qué pasa después de esta contribución a la tesis del estado fallido?

Al menos en uno de los sitios más agresivos contra Cuba, acusan al actor de haber participado en un vídeo clip en defensa contra Patria y vida. Y entonces es él el insultado, acusado, denigrado.

Para quienes no entienden qué pasa, por qué lo atacan si son la misma cosa, por qué reaccionan así: en la guerra contra Cuba, cada uno trata de sacar la mayor lasca al negocio del llamado anticastrismo. Lo terrible es que mientras se alimentaba esa guerra contra una Cuba ejemplar en el enfrentamiento al ciclón, en Florida flotaban cadáveres y la destrucción era terrible: ya se contabilizan unos 94 muertos y cientos de desaparecidos, en medio de una verdadera catástrofe.

Ahora es cuando los hipercríticos dicen: no compares. Que sea entonces tema de otro análisis.

Pero déjennos al menos tomar la experiencia de estos días como lección sobre cómo se arma una guerra de símbolos con un objetivo perverso. Hasta ahora, la Revolución ha respetado la queja y ha rectificado lo que estaba mal, pero la ley existe: en tiempos de emergencia no se puede jugar con el orden interior de un país.