Cabizbajo y con la mirada triste mientras calcula cada paso como quien no quiere llegar a su destino, Alcides camina hacia el instituto politécnico donde cursa estudios de técnico medio en ingeniería civil en su natal Manzanillo.
En el recorrido la soledad y la incertidumbre le persiguen en su yo interior, una vez que sufre de incomprensiones y rechazos por quienes no aceptan su orientación sexual hacia el mismo sexo masculino.
Desde la segunda planta del edificio docente, un grupo de jóvenes entre risotadas vocean ofensas, apodos y burlas, que se clavan como un puñal en el alma de Alcides, y mientras late ese dolor invisible solo atina a retornar a su casa, el único espacio en el que se siente seguro.
Por otro lado, en uno de los institutos preuniversitarios de este municipio costero, un mozo cual si fuese Poseidón hace valer su fuerza contra Juan, el más débil e indefenso, y alrededor quienes se ríen con igual culpabilidad filman con sus celulares el acto abusivo; en tanto la víctima llena de impotencia se ahoga en llanto y sufrimiento.
Ante estos casos surge de inmediato la intertogante, ¿y los maestros dónde están? Nada más tienen que dar la espalda cinco minutos, en un cambio de turno docente, o el horario de receso escolar, para que en un abrir y cerrar de ojos sucedan estos lamentables hechos.
Y es que el acoso escolar si bien no constituye una tendencia en el sistema educacional de este territorio granmense, puede verse en uno u otro ejemplo de ciertos educandos que asumen conductas abusivas, reiteradas y deliberadas con la finalidad de provocar temor, sometimiento y, por ende, exclusión de algunos de sus compañeros.
Una problemática que verla como un estigma, dejarla en el silencio o disfrazarla, sería provocar un daño mayor e irreparable a las víctimas, sus familias y la sociedad en sentido general, sin hablar de los antivalores que se van engendrando en los ejecutores de tan repudiables acciones.
Aunque en las escuelas locales existen disímiles estrategias coherentes e intersectoriales que involucran a la familia, la comunidad y las organizaciones políticas y de masas dirigidas a evitar manifestaciones del llamado bulling, palabra en inglés equivalente al acoso, la realidad convoca a un examen más exhaustivo y profundo del tema en cuestión en momentos en que actos de esta índole se ven cual si fuesen espectáculos para el divertimento.
Válido resultaría recordar que el acoso escolar va mucho más allá que una simple broma o burla entre muchachos, una vez que sus consecuencias dañan sobremanera la autoestima del afectado, su salud mental, la confianza en sí mismo y dejan marcas para toda la vida.
¿Qué propósitos cumplirían entonces los diagnósticos, seguimientos a alumnos y familias en situación de vulnerabilidad, con iniciativas que concienticen y sensibilicen a los estudiantes si los padres no asumen el rol que le corresponde como pilar en la formación de sus hijos?
Téngase en cuenta que ese niño, adolescente o joven que hoy asume una conducta burlesca abusiva, incisiva y hasta de violencia contra alguno de sus compañeros, mañana pudiera ser la victima; porque como reza el argot popular gota a gota se llena la copa, o en el peor de los casos se convertiría en un individuo desafecto de la sociedad.
De ahí que en una nación como la cubana, donde la inclusión y equidad social constituyen imperativos del sistema educacional, y la escuela es forja de valores humanos, éticos y morales resulta imprescindible unir voluntades, prevenir, y evitar situaciones de acoso escolar para que jóvenes como Alcides y Juan se sientan parte de la sociedad en la que viven.