Ignacio Agramonte, El Mayor, vive tras su último combate

El ejemplo de la vida, obra y muerte en combate hace 151 años de Ignacio Agramonte y Loynaz, El Mayor, es motivo de permanente homenaje para los habitantes del territorio que lo vio nacer y que a partir de entonces se les conocen también como agramontinos.

Era la madrugada del 11 de mayo de 1873, cuando un mensajero mambí informa a El Mayor la presencia de tropas españolas en la cercanía del campamento insurrecto, Agramonte arenga a sus hombres y se prepara para librar la que sería su última carga por la independencia de Cuba.

En tres años y medio de vida militar este joven abogado, político y guerrero, de 32 años al momento de su muerte, participó en más de cien combates y supo combinar los principios de la táctica con la lucha irregular en las condiciones de las extensas sabanas de Camagüey con su aporte como estadista y patriota.

«Nuestra misión se va cumpliendo, vuestra disciplina y vuestra abnegación hacen de todos nosotros el núcleo fundamental de la futura República», dijo esa madrugada El Mayor a sus tropas y ordenó enérgico: ¡Ayudante de guardia! ¡Un sargento y dos parejas de escolta, pronto, para marchar!.

Agramonte se propone entonces atraer esa fuerza al Potrero de Jimaguayú, 32 kilómetros al suroeste de la ciudad de Camagüey, ampliamente conocido por él por ser uno de sus campamentos habituales. Ubica la fuerza de infantería de Las Villas, recién llegadas, en los flancos oeste y sur del potrero y a la Brigada de Caonao en el lugar. Sitúa a la caballería en el flanco este, oculta entre la hierba. Pero, las fuerzas españolas, temerosas porque habían enterrado cerca de 100 cadáveres en los combates de Ingenio Molina y Cocal del Olimpo, no mordieron el anzuelo.

Agramonte se percata de ello y se separa de la caballería para ordenar a la infantería que debía atraer al enemigo al fondo del potrero. De repente, como si hubiera concebido un nuevo plan, parte con su escolta rumbo al vado que permitía cruzar el arroyo Basulto. Ordena regresar a los demás, con la pretensión de cruzar el potrero y unirse a la caballería y les dice: «Voy a dejar que se entable la acción con los infantes y pronto nos veremos en Guayabo».

En esos momentos una avanzada española que se había ocultado en el arroyo lo sorprende y hiere mortalmente de un balazo en la sien derecha, cayendo su cadáver entre una hierba muy alta. Su escolta corre a avisar a Serafín Sánchez y a Henry Reeve. La confusión es tremenda. Reeve decide retirarse de Jimaguayú, pero antes ordena a Serafín Sánchez que con su compañía encuentren el cadáver de Agramonte y después se retire a Guanábana. Así lo hacen, registran todo, pero no encuentran el cuerpo de su admirado y querido jefe, ya en poder de los españoles.

El 12 de mayo de 1873, al llegar el cadáver de Agramonte a la plaza situada frente al hospital en Puerto Príncipe, el Padre Olallo, desafiando a los soldados españoles, solicitó conducirlo en camilla hasta el Hospital de San Juan de Dios, donde lavó sus restos mortales y rezó ante el cadáver. El cuerpo fue incinerado con leña y petróleo por orden del gobernador hispano.

Mucho podría escribirse de Agramonte, de quien el Generalísimo Máximo Gómez dijo en julio del propio año 1873 en que murió, que estaba llamado a ser el «futuro Sucre cubano», y a quien el Apóstol José Martí calificó el 10 de octubre de 1888 como un «diamante con alma de beso».

El amor entrañable a su esposa Amalia Simoni, que le acompañó a la guerra redentora, conoció la penuria y el peligro, y con ella tuvo dos hijos: Ernesto, nacido en la manigua, y Herminia, a la que Agramonte no llegó a conocer.

Baste un episodio para conocer la firmeza de Amalia. Durante un ataque español al campamento mambí donde se encontraba es capturada el 26 de mayo de 1870, junto a su hijo, su hermana Matilde, y otros miembros de la familia Simoni. Las autoridades hispánicas le propusieron entonces a Amalia que escribiera a Agramonte solicitándole, por su amor y el de su hijo, que renunciara a la Revolución. Pero Amalia, que estaba plenamente identificada con los ideales de su esposo, le ripostó indignada: «General, primero me cortará usted la mano, antes que escribir a mi esposo que sea traidor».

El hecho más divulgado de las muchas hazañas de Agramonte fue el rescate del brigadier Julio Sanguily, quien fue sorprendido y capturado, cuando se encontraba en el rancho-enfermería de la patriota Cirila López, y llevado ante el jefe de la columna española quien lo interrogó infructuosamente para conocer la ubicación de Ignacio Agramonte.

Era el 8 de octubre de 1871. El día anterior Agramonte había acampado cerca, con unos 70 jinetes en el potrero de Consuegra, al sur de la ciudad de Puerto Príncipe, con el propósito de descansar luego de un mes de largas y fatigosas jornadas por la zona. Al conocer la noticia, Agramonte, sin averiguar cuántos eran los enemigos, sino en qué lugar estaban, ensilló su caballo nombrado Mambí y se dirigió a sus soldados: «Mis amigos, la cuestión está clara. Al brigadier Sanguily lo han hecho prisionero los españoles. Todo el que esté dispuesto a rescatarlo o morir, que dé un paso al frente».

El Mayor, al mando de 35 jinetes a cuya vanguardia iba el capitán Henry Reeve, desenvaina su machete y ordena a sus hombres que es preciso rescatar a Sanguily vivo o muerto o perecer en la demanda. Al ver el avance de las fuerzas cubanas, el sargento español que custodiaba a Sanguily lo derribó de la montura y le hizo un disparo a corta distancia que le inutilizó para siempre la mano, pero ya Agramonte se hallaba junto a él y levantándose sobre su propio caballo, ordenó la última carga, ante la que se dispersaron los pocos enemigos que aún combatían.

Sobre este hecho dijo el propio Agramonte, «nuestra persecución le siguió a larga distancia hasta dispersarles por completo. El enemigo dejó once cadáveres. (…) Mis soldados no pelearon como hombres: ¡Lucharon como fieras!».

El Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro, en el centenario de la caída en combate de El Mayor destacó la significación histórica del rescate del brigadier Sanguily: «Ha pasado a la historia como una de las más extraordinarias acciones de armas; un hecho que levantó el ánimo en el campo cubano en momentos difíciles, (…) fue sin dudas una de las más grandes proezas que se escribieron en nuestras luchas por la independencia, y ha pasado a ser un hecho de armas proverbial, que en aquel entonces despertó incluso la admiración de las fuerzas españolas».

Su natal Camagüey honra su memoria en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre y donde se realizan los actos más importantes, en el aeropuerto internacional de la ciudad capital provincial, en la Casa Museo donde nació y en una de las avenidas principales de esa urbe, pero, sobre todo, en el orgullo permanente que sienten cuando llaman a sus coterráneos agramontinos.