Manzanillo. Septiembre 8.- Una semana ha pasado ya desde que las batas blancas volvieron a llenar las aulas de la Facultad de Ciencias Médicas Celia Sánchez Manduley de Manzanillo.
El nuevo curso escolar ya rueda con su ritmo propio, y lo que vemos es la consolidación de un compromiso que no empieza hoy, sino que se renueva cada septiembre con la misma fuerza: el de formar a los futuros guardianes de la salud de nuestro pueblo.
Es el inicio de una nueva etapa para cientos de jóvenes que, con la mochila al hombro y el corazón lleno de sueños, ya se han sumergido en las primeras lecciones de una carrera que es, ante todo, una entrega a la vida en nuestra ciudad del Golfo de Guacanayabo.
Este arranque de curso llega con la ilusión de los nuevos rostros, pero también con la firmeza de quienes ya han recorrido este camino. El pasado mes de julio, 284 nuevos profesionales de la salud recibieron sus títulos, demostrando que, a pesar de las adversidades, la formación en nuestra casa de altos estudios es de primer nivel.
Esa promoción, dedicada al centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro, no solo entregó médicos y enfermeros, sino un ejército de 82 titulados de Oro y 58 con la condición Mario Muñoz Monroy, un ejemplo vivo de la excelencia que hoy inspira a los que comienzan.
Porque este curso, ya en marcha, no es una simple repetición del anterior, sino un paso adelante en la búsqueda de la calidad. La facultad manzanillera es un hervidero de actividad intelectual, como quedó demostrado en el reciente Concurso Premio Anual de la Salud, donde la ciencia y la innovación son el pan de cada día.
Las aulas se llenan de preguntas, los laboratorios de experimentos y los pasillos de proyectos; es la garantía de que la salud pública cubana se sostiene sobre la base sólida de la investigación y el conocimiento, adaptándose a los tiempos y sus desafíos.
Es cierto que el contexto no es fácil, que la realidad exige ingenio y entrega. Pero en cada estudiante que ocupa su pupitre y en cada profesor que imparte su clase, se respira la certeza de que la vocación es más fuerte que cualquier obstáculo.
La organización del proceso docente, que incluye la formación descentralizada en los policlínicos de cada municipio, asegura que la enseñanza llegue a todos y que el vínculo con la comunidad sea desde el primer día. Esa es nuestra fuerza: no formar médicos de laboratorio, sino médicos de pueblo, listos para servir donde más se les necesite.