El costo de la alegría

Imagen ilustrativa // Foto: tomada de internet
Imagen ilustrativa // Foto: tomada de internet

Para un niño no hay límites de precios, solo deseos por cumplir. Aún recuerdo cuando estaba pequeña y quería que mi papá comprara una casa bien grande; él con una sonrisa me decía que costaba mucho y yo no lo entendía, solo quería tenerla y punto.

Pero el tema que quiero tocar, es de una adquisición un poco «más simple», los juguetes. Actualmente, la historia la veo de cerca, ya que en ocasiones salgo a dar una vuelta como diría en buen cubano, con mi prima y su hija de cuatro años.

Cuando la pequeña pasa por una tienda donde venden juguetes, las palabras se desvanecen y el verdadero conflicto empieza. Ella cree que su mamá tienen el poder de comprarlos sin ningún problema y no sabe que el precio de ese objeto es aproximadamente el salario de cualquier padre trabajador.

Es ahí donde la ilusión se rompe. ¿Cómo le explica sobre el precio del dólar, la crisis energética o el bloqueo cuando lo que busca es simplemente jugar? O hacerle entender que un juguete no se puede poner en la mesa y que los precios suben sin control.

Si lograr abastecer una casa ya es una batalla diaria, resulta casi impensable destinar recursos a juegos que en ocasiones, terminan rotos en cuestión de horas.

Entonces la incertidumbre toca la puerta, las perretas hacen de las suyas y la idea de querer satisfacer todas las necesidades de los hijos se rompe.

A pesar de estas cuestiones, no debemos olvidar que los juguetes son medios de enseñanza, herramientas con las que los niños analizan, organizan y comprenden su entorno.

Los precios siguen subiendo y es vital recordarle a quienes fijan esos costos excesivos que detrás de cada juguete no hay solo una transacción comercial, sino una parte esencial para el desarrollo del niño.

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